jueves, 23 de junio de 2011

Diario de un enfermo IV


Allí me dispuse a pasar el tiempo mientras quedaba una cama libre o me llevaban a hacerme pruebas. No soy un cotilla, intentaba centrarme en la lectura de mi libro pero sentía las conversaciones de los box colindantes tan cerca que a veces me daban ganas de entrar en la conversación, a mi derecha una anciana bastante senil a la que iban a operar mañana sermoneaba a su hijo con un discurso sin píes ni cabeza que él aguantaba estoicamente (santa paciencia) o las enfermeras con mucha más paciencia que éxito intentaban que contestase a las preguntas pre-operatorias, al otro lado una jovencita a la que intentaban administrar un calmante pero lo vomitaba.

En las horas que pasas en esa situación se produce un vinculo extraño, compartes un trozo de sus vidas y de sus penas pero es imposible ponerles rostro.
Llegada la noche intenté inútilmente conciliar el sueño, hice cuentas y llevaba más de 10 horas tumbado en aquella camilla, había agotado ya el tiempo en todas las posiciones posibles, decidí sentarme sobre ella y cruzar las piernas como en posición de loto.

Así estaba cuando cruzó la enfermera yendo de un box a otro y se asustó como si hubiera visto un fantasma.

-¿No puedes dormir?
-No
-¿Quieres un calmante o algo?
-No, no te preocupes es sólo falta de sueño

Más tarde cogí las muletas y fui a dar un paseo para descubrir que sólo yo quedaba en aquel ala de urgencias, los demás habían tenido más suerte que yo y los habían trasladado ya a planta.

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